P. Julio Meinvielle (II)

Origen divino de la soberanía

«La tesis cristiana sobre el origen divino de la soberanía es un dogma de fe claramente expresado en la Sagrada Escritura y enseñado magistralmente en repetidas ocasiones por la Cátedra Romana. Dios es quien ha puesto un jefe para gobernar cada nación, leemos en el libro del Eclesiástico. Tú no tendrías sobre mí ningún poder si no se te hubiese dado de lo alto, dice Jesucristo al gobernador romano. Y San Agustín, comentando este pasaje, exclama: Aprendamos aquí de los labios del Maestro lo que enseña, en otra parte, por boca de su Apóstol: que no existe poder más que el que viene de Dios (omnis potestas a Deo est).

Y en las primeras líneas de este capítulo hemos visto cómo el concepto de soberanía es forzosamente divino; tan divino, en su origen, como la misma sociedad política que ineludiblemente la exige. Pero este origen divino, ¿no implica, quizá, una limitación que anula el concepto de soberanía? Así parecen entenderlo los ideólogos liberales, sin advertir que es precisamente esta dependencia de la Causa Primera la que le da fundamento sólido. Porque si la facultad que compete a la autoridad social de imponer obligaciones que deben acatar los miembros de la comunidad no se funda en la voluntad de Dios, ¿en qué se funda? ¿En la voluntad del hombre? ¿Y quién es el hombre para mandar a otro hombre? Que tiene fuerza para ello. Entonces, ¿manda valido de su fuerza, y toda autoridad es una tiranía? Y acaso porque éstos se sumen, ¿pueden mandar a otro hombre?

La idea de mando, de autoridad, importa una subordinación, o sea que implica un superior que ordene y un inferior que obedezca. Si esa subordinación no se funda en la voluntad divina que lo intima a cada hombre por las prescripciones de la ley natural, no puede fundarse en nada sólido. O hay que destruir la sociedad como algo sin fundamento, y entonces tenemos la anarquía, o hay que fundarla en la fuerza bruta, y entonces tenemos no una sociedad humana, sino un régimen de esclavos.

La ficción del pacto no evita la dificultad; porque si el pacto depende de mi voluntad, lo guardo cuando me place y lo quebranto a mi antojo. Y si no depende de mi voluntad, ¿quién y con qué derecho ata así mi voluntad para hacerme cumplir el pacto?

Más insolubles son estas dificultades en la teoría y práctica liberal, en que se presupone como premisa indiscutible la omnímoda independencia de lo humano. (…) Tanto en el autonomismo que Kant reclama para la razón humana como el que Rousseau reivindica para el cuerpo social […] encierra, como decíamos antes, el espantoso absurdo de atribuir al hombre, ser caduco, frágil como la arcilla, los caracteres de infinitud privativos de Dios. Lo que se consigue con esta sublimación del individuo y la sociedad es desorbitarlos, y con esto destruirlos. El liberalismo desemboca en la anarquía y ésta no es más que la tiranía del desorden.» P. Julio Meinvielle en Concepción Católica de la Política

P. Julio Meinvielle (I)

Primer Principio de la política

«Por esto, nada más admirable que la doctrina católica, que al hacer descender de Dios -Simplísima y Riquísima Unidad- al hombre, hace descender de Él también aquellas sociedades tales como la familia, el Estado y la Iglesia, que si bien limitan al hombre, es para ponerse reverentes a su servicio y hacerle llegar hasta Aquél de cuyas manos ha salido. Porque si el hombre salió de Dios, a Él ha de volver, pero ha de volver a través de la familia, del Estado y de la Iglesia, que son los cauces naturales [y sobrenatural] por donde Dios quiere que vuelva. Pero para que en verdad pueda el hombre, a través de estos cauces, llegar hasta Dios, es menester que éstos se conserven dentro de sus propios límites, fijados por el Creador. De aquí que sólo una doctrina como la católica, que pone el Primer Principio como fuente y coronamiento del hombre, pueda salvarle a él y a aquellas sociedades que a él se refieren, porque lo múltiple sólo puede ser armonizado y unificado por el principio Uno del que ha salido.

Por el contrario, toda doctrina desconocedora del Primer Principio, que parta de una idea o de un hecho, llámese libertad individual o nación, Estado, comunidad, clase trabajadora o raza, fingirá un Absoluto, que por lo mismo no puede ser limitado por nadie ni por nada.

Es fácil adivinar los absurdos monstruosos que de aquí se derivan. Porque este Absoluto, ilimitado, es por definición un hecho que por serlo está sujeto a mil limitaciones; es un hecho que coexiste en medio de otros mil que pueden ser glorificados como él y de donde han de surgir una infinidad de Absolutos o ilimitados, que a la postre han de terminar con un total y absoluto desgarramiento del hombre. ¡Quién podrá imaginar el destino de esta pobre piltrafa humana que es cada hombre si es tironeado por infinitos absolutos!

Sólo entonces aquella doctrina que ponga un Absoluto, uno sólo, allí donde deba ponerlo, podrá salvar a la sociedad política, y con ella al hombre en función de quien aquélla existe. Porque este Absoluto no será entonces el engendro de un pobre cerebro humano, sino la eterna e infinita substancia, que en riquísima y fecunda simplicidad lo contiene todo, y de quien todo lo creado deriva y a quien todo ha de retornar.» P. Julio Meinvielle en Concepción Católica de la Política

San Agustín (II)

Propiedades de las dos ciudades, la terrena y la celeste

«Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor. Aquélla solicita de los hombres la gloria; la mayor gloria de ésta se cifra en tener a Dios como testigo de su conciencia. Aquélla se engríe en su gloria; ésta dice a su Dios: Gloria mía, Tú mantienes alta mi cabeza. La primera está dominada por la ambición de dominio en sus príncipes o en las naciones que somete; en la segunda se sirven mutuamente en la caridad los superiores mandando y los súbditos obedeciendo. Aquélla ama su propia fuerza en los potentados; ésta le dice a su Dios: Yo te amo, Señor; Tú eres mi fortaleza.

Por eso, los sabios de aquélla, viviendo según el hombre, han buscado los bienes de su cuerpo o de su espíritu o los de ambos; y pudiendo conocer a Dios, no lo honraron ni le dieron gracias como a Dios, sino que se desvanecieron en sus pensamientos, y su necio corazón se oscureció. Pretendiendo ser sabios, exaltándose en su sabiduría por la soberbia que los dominaba, resultaron unos necios que cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes de hombres mortales, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles (pues llevaron a los pueblos a adorar semejantes simulacros, o se fueron tras ellos), venerando y dando culto a la criatura en vez de al Creador, que es bendito por siempre.

En la segunda, en cambio, no hay otra sabiduría en el hombre que una vida religiosa, con la que se honra justamente al verdadero Dios, esperando como premio en la sociedad de los santos, hombres y ángeles, que Dios sea todo en todas las cosas.» San Agustín en La Ciudad de Dios

Juan Vázquez de Mella (I)

La monarquía carlista

«La mayor parte de los liberales combaten la Comunión carlista sin conocerla. La Prensa revolucionaria, por malicia o por ignorancia, ha propagado, acerca de esta gran fuerza social y política, las más absurdas patrañas.

Según la fábula progresista, el carlista es una especie de corneja que anida en las grietas de los torreones feudales, dispuesto a maldecir todos los descubrimientos científicos y a condenar todas las maravillas de la industria. A lo más, el carlista es, para algunos liberales, una especie de poeta romántico que, apesadumbrado con la realidad presente y la nostalgia del pasado, vuelve tristes y llorosos los ojos hacia los siglos pretéritos, sin hacer otra cosa que cantarlos en endechas lastimeras, parecidas a las lágrimas derramadas por Boabdil al ver por última vez la ciudad de sus recuerdos.

Pero, ora se pinte al carlista con colores tétricos o con tintas de sentimentalismo chirle, siempre resulta, para todas las especies del vulgo liberal, como un partidario tenaz y sañudo del absolutismo monárquico, que, en la voluntad de un déspota no sujeta a trabas políticas de ninguna clase, ve la única solución de las miserias presentes. (…)

Y como ya es hora de que la verdad se abra paso entre las falsedades liberales, vamos a afirmar de nuevo nuestros principios políticos, a ver si logramos que los adversarios los entiendan siquiera una vez.

Queremos que el Rey reine y gobierne, sin estar sujeto a la tutela de un Gabinete; y que sea auxiliado por un Consejo de personas notables, dividido en tantas secciones como Ministerios.

No buscamos el límite de la autoridad soberana en la división, ni en la separación de sus fragmentos y en la oposición y equilibrio de unos con otros, sino en los organismos y pactos sociales independientes de los caprichos del Poder.

Por eso queremos que el municipio administre libremente y con independencia sus propios intereses, y que a la manera vascongada, y conforme al espíritu de los antiguos fueros, lo verifique en sus Juntas la región.

Que la escuela y la Universidad sean libres y repúblicas literarias emancipadas del yugo opresor del Estado, pero sujetas a las divinas enseñanzas.

Y como reconocemos que todo español tiene derecho de petición ante el soberano, lo cual constituye su verdadera representación individual directa, queremos que estén además representadas, de un modo permanente, todas las clases y fuerzas sociales en las Cortes.

Fomentando las corporaciones y los gremios, la clase agrícola nombrará sus procuradores, la industrial y comercial los suyos, que serán la representación de los intereses materiales.

Los intereses religiosos y morales, que son los primeros, serán representados por los procuradores del clero.

Los intelectuales, por las Universidades y Academias, y los históricos, por la grandeza.

El procurador no será representante de toda la nación, como en el régimen liberal, sino de la corporación y clase que le eligen.

No será independiente de los electores una vez elegido, sino sujeto a ellos por mandato imperativo. No irá a disputar a las Cortes, sino a pedir y votar lo que le manden los que le hayan designado.

Y ha de jurar no recibir ni honor ni merced alguna durante su cargo; y, si lo hiciere, será llevado ante los tribunales.

Los acuerdos de las Cortes queremos que sean públicos, pero las sesiones secretas; que así no se convertirán nunca en teatro, ni medrará la clase de los retóricos.

Las Cortes no gobernarán, pero ayudarán a gobernar, porque tienen dos funciones que cumplir: auxiliar al Poder público mostrándole como en un espejo las necesidades de la nación, y contenerle impidiendo sus abusos.

Por eso no son cosoberanas como las parlamentarias, ni se limitan a pedir y suplicar, como falsamente se ha dicho. Sin su consentimiento no puede el Rey establecer ningún impuesto nuevo ni variar ninguna ley fundamental. Tal es la economía de nuestro organismo político y administrativo.

Negación del absolutismo personal y del de Gabinete, llamado parlamentarismo.

No vamos a exponer en pocas líneas un plan de Hacienda. Baste saber que nuestra Comunión puede presentar un presupuesto que no llegue a la mitad de los gastos actuales.

Ya Aparisi dijo, con la aprobación del señor Duque de Madrid, que comenzaríamos haciendo economías reduciendo a la mitad los gastos de la Casa real, suprimiendo Ministerios, reduciendo el Ejército, limitando el número de provincias al de los antiguos reinos y, sobre todo, destruyendo la máquina burocrática del parlamentarismo.

¿Habrá todavía quien nos llame absolutistas? Si lo hace, merecerá nuestro desprecio, pero no nuestra contestación.» Juan Vázquez de Mella en Obras Completas

Card. Isidro Gomá (I)

Sobre la guerra civil

«Esta cruentísima guerra es, en el fondo, una guerra de principios, de doctrinas, de un concepto de la vida y del hecho social contra otro, de una civilización contra otra. Es la guerra que sostiene el espíritu cristiano y español contra este otro espíritu, si espíritu puede llamarse, que quisiera fundir todo lo humano, desde las cumbres del pensamiento a la pequeñez del vivir cotidiano, en el molde del materialismo marxista. De una parte, combatientes de toda ideología que represente, parcial o integralmente, la vieja tradición e historia de España; de otra, un informe conglomerado de combatientes cuyo empeño principal es, más que vencer al enemigo, o, si se quiere, por el triunfo sobre el enemigo, destruir todos los valores de nuestra vieja civilización. (…)

Es que la Religión y la Patria –orae et foci- estaban en gravísimo peligro, llevadas al borde del abismo por una política totalmente en pugna con el sentir nacional y con nuestra historia. Por esto la reacción fue más viva donde mejor se conservaba el espíritu de religión y de patria. Y por esto logró este movimiento el matiz religioso que se ha manifestado en los campamentos de nuestras milicias, en las insignias sagradas que ostentan los combatientes y en la explosión del entusiasmo religioso de las multitudes de retaguardia. (…)

Quede, pues, por esta parte como cosa inconcusa que si la contienda actual aparece como guerra puramente civil, porque es en el suelo español y por los mismo españoles donde se sostiene la lucha, en el fondo debe reconocerse en ella un espíritu de verdadera cruzada en pro de la religión católica, cuya savia ha vivificado durante siglos la historia de España y ha constituido como la médula de su organización y de su vida. (…)

Deshagamos, con todo, una prevención que podría ser funestísima para tiempos futuros. Guerra contra el comunismo marxista como es la actual, no lo es contra el proletariado, corrompido en gran parte por las predicaciones marxistas. Sería una calumnia y un crimen, germen de una futura guerra de clases en la que forzosamente se vería envuelta la religión, atribuir a ésta un consorcio con la espada para humillar a la clase trabajadora, o siquiera para amparar viejos abusos que no debían haber perdurado hasta ahora. (…)

Y que no se diga más que una guerra que ha tenido su principal resorte en el espíritu cristiano de España haya tenido por objeto anquilosar nuestra vida económico-social. Es guerra de sistemas o de civilizaciones; jamás podrá ser llamada guerra de clases. Lo demuestra el sentido de religión y de patria que han levantado a España contra la Anti-España.» Cardenal Isidro Gomá en El Caso de España

Episcopado Español (I)

Sobre la II República

«Los principios y preceptos constitucionales en materia religiosa no sólo no responden al mínimum de respeto a la libertad religiosa y de reconocimiento de los derechos esenciales de la Iglesia que hacían esperar el propio interés y dignidad del Estado, sino que, inspirados por un criterio sectario, representan una verdadera oposición agresiva aun a aquellas mínimas exigencias.

Hubiérase creído oportuna la modificación del statu quo tradicional para atemperarlo al cambio político y espiritual del país, y a la Iglesia, que se hace cargo maternalmente del grave peso de la humana flaqueza, y no ignora el curso de los ánimos y de los hechos por donde va pasando nuestro siglo, no le hubiera faltado la debida condescendencia, aun no concediendo derecho alguno sino a lo verdadero y honesto, para no oponerse a que la autoridad pública tolerase algunas cosas ajenas a la verdad y justicia, con el fin de evitar un mal mayor o conservar un mayor bien. Mas, en lugar de este diálogo fecundo y comprensivo, se ha abrogado prácticamente el Concordato sin atender a su carácter jurídico de pacto bilateral y de convención internacional y diplomática.

Más radicalmente todavía se ha cometido el grande y funesto error de excluir a la Iglesia de la vida pública y activa de la nación, de las leyes, de la educación de la juventud, de la misma sociedad doméstica, con grave menosprecio de sus derechos sagrados y de la conciencia cristiana del país, así como en daño manifiesto de la elevación espiritual de las costumbres y de las instituciones públicas. De semejante separación violenta e injusta, de tan absoluto laicismo del Estado, la Iglesia no puede dejar de lamentarse y protestar, convencida como está de que las sociedades humanas no pueden conducirse, sin lesión de deberes fundamentales, como si Dios no existiera, o rehuir el atender a la Religión, como si ésta fuere un cuerpo extraño a ellas o cosa inútil y nociva.

(…)

Parece, en suma, que la igualdad de los españoles ante la ley y la indiferencia de la confesión religiosa para la personalidad civil del ciudadano sólo existen, en orden a la Iglesia y a sus instituciones, a fin de hacer más patente que se le crea el privilegio constitucional de la excepción y del agravio.» Documento del Episcopado Español en Los obispos ante la nueva Constitución

Francisco de Vitoria (I)

De la potestad civil

«Está, pues, claro que la fuente y origen de las ciudades y de las repúblicas no fue una invención de los hombres, ni se ha de considerar como algo artificial, sino como algo que procede de la naturaleza misma, que para defensa y conservación sugirió este modo de vivir social a los mortales. De ese mismo capítulo se infiere prontamente que el mismo fin tienen y la misma necesidad que las ciudades los poderes públicos. Porque si para guarda de los mortales son necesarias las congregaciones y asociaciones de hombres, ninguna sociedad puede persistir sin alguna fuerza y potestad que gobierne y provea. La misma es, pues, la utilidad y el uso del poder público que el de la comunidad y la sociedad.

Si todos fueran iguales y ninguno estuviera sujeto al poder, tendiendo cada uno por su privado parecer a cosas diversas, necesariamente se desharían los negocios públicos; y la ciudad se disolvería si no hubiera alguno que proveyese, cuidase de la comunidad y mirase por los intereses de todos. Todo reino dividido entre sí, quedará desolado; y donde no hay gobernante, se disipará el pueblo, como dice el sabio.

Así como el cuerpo del hombre no se puede conservar en su integridad si no hubiera alguna fuerza ordenadora que compusiese todos los miembros, los unos en provecho de los otros y, sobre todo, en provecho del hombre entero, así ocurriría en la ciudad si cada uno estuviese solícito de sus propias utilidades y todos descuidasen el bien público. Tenemos, pues, ya señalada la causa final y principalísima de la potestad civil y secular: la utilidad o más bien la ingente necesidad a la cual nadie contraría sino sólo los dioses.» Francisco de Vitoria en De la Potestad Civil