Rafael Gambra (II)

Religión y ciencia

«Ninguna cultura humana se hubiera puesto en movimiento, ni civilización alguna habría irrumpido en el curso de la Historia sin una inicial emoción religiosa, es decir, sin un llamamiento -real o imaginario- de lo Alto a un destino colectivo.

Por lo mismo, a la vez que este saber superior es motor espiritual del hombre -este ser finito con ansia de infinitud- es también el campo de la función imaginativa y emocional, de la tentación mitificadora. Y es su extrapolación a los campos de la intuición física y de la intelectual -el dominio de las ciencias- el origen más frecuente de la inmovilización del espíritu en actitudes mítico-mágicas perdurables.

El genio de la civilización cristiana ha consistido, humanamente hablando, tanto en haber sabido preservar el depósito de la fe y ahondar en su contenido -otorgando así coherencia y fervor a las mentes- como en evitar su interferencia con la esfera de las instituciones -y de los saberes- propiamente humanos. Sostener el fundamento y la inspiración última de nuestra cultura, y desembarazar al mismo tiempo el camino de su propia andadura intelectual: esa fue la obra de la Iglesia con su concepción medieval de los poderes, el civil y el eclesiástico, el Pontificado y el Imperio. La Iglesia, precisamente por su función de preservar, esclarecer, ahondar el contenido de la Revelación y de administrar -ella sola- los dones sobrenaturales, fue también la creadora en su civilización del ámbito más idóneo para el desarrollo del saber y del hacer humanos, de las ciencias y de las artes. De hecho, nuestra cultura no desembocó, como la civilización grecolatina, en las gnosis ocultistas del helenismo ni en el quietismo del Islam o de otras religiones orientales, sino en el esplendor del Renacimiento y en el gran desarrollo de la Modernidad. Dos siglos de interpretación histórica racionalista nos han legado una visión sombría de los cimientos medievales de nuestra civilización, como si ésta hubiera podido brotar súbitamente de determinadas actitudes «liberadoras» del Renacimiento o de la revolución moderna.» Rafael Gambra en El Lenguaje y los Mitos

Rafael Gambra (I)

Restauración frente a revolución

«La verdadera decadencia y muerte de un pueblo procede de su interna disolución. Esta crisis interior suele ser ocasionada por dos factores. De un lado, por la deserción, la pereza y el conformismo de sus clases cultas, de los sabios de la Ciudad: cuando estas clases se duermen sobre su propia ciencia o su propia significación, cuando no ejercen una autoridad con sentido, entonces el orden, las creencias, la moralidad, la justicia y las leyes quedan indefensas; la Ciudad no progresa, antes se fosiliza, y el orden todo de venerable se torna farisaico.

En este momento surge otra clase de hombres: los revolucionarios (el juglar de las ideas), que son los que no tienen nada que perder, los que tampoco aman las Leyes ni las creencias, los que no respetan los cimientos del orden ni los principios del bien y de la verdad. En la Atenas de aquel tiempo, éstos eran los sofistas. Los sofistas atacan la verdad, los principios del bien y la misma existencia de la justicia. Su arma es siempre el eterno ¿por qué no? (cambiar lo establecido). Si no encuentran contradictores, hombres de fe, de verdadero saber, lo tienen todo ganado, porque sus argumentos halagan las pasiones de los más, y parecen lógicamente válidos. La Ciudad muere entonces por disolución interior o por invasión enemiga, pero sólo cuando su espíritu interno ha desaparecido.

Sócrates quiso librar a la Ciudad de estos dos males; por eso luchó contra esas dos clases de hombres: contra los hombres sabios, pero perezosos e indignos de su representación, oponiéndoles su ironía; contra los sofistas, demostrándoles que la verdad existe y que la razón puede y debe llegar a descubrirla: demostrándoles asimismo que la Ciudad se asienta en un orden, posee una estructura y un divino origen que la constituyen como tal.

Sócrates, por tanto, no se pronunció jamás contra las costumbres, contra las Leyes o contra el orden la Ciudad; antes al contrario, rindió a las Leyes el mayor homenaje que hombre alguno pueda tributarles: sacrificar su propia vida para no menoscabarlas con el mal ejemplo de su desobediencia pública.  Así, Sócrates, en su lucha contra unos y contra otros, pudo decir de sí mismo aquella famosa frase: «los dioses me pusieron en la Ciudad como al tálamo sobre el caballo, para que no se duerma ni amodorre».

La sana rebelión del hombre «con principios», el noble anhelo del reformador, se dan siempre estrechamente unidos a la veneración del orden mismo que se quiere reformar, lo que explica precisamente la lealtad, a veces heroica, del verdadero reformador. Es una actitud esencialmente distinta de la rebelión totalizada e incoherente del revolucionario o del espíritu nihilista, del «avanzado» de nuestra época, del sofista escéptico de la época socrática, del juglar de las ideas de todas las decadencias.» Rafael Gambra en El Silencio de Dios

Ceferino González (II)

Sobre Malthus

«La teoría de Malthus parece decir al hombre: “El que nace en un mundo ocupado ya de antemano, no tiene el menor derecho a reclamar una porción cualquiera de alimento; en realidad está de sobra en la tierra: en el gran banquete de la naturaleza no hay cubierto preparado para él. La naturaleza le manda retirarse, y no tarda en poner ella misma esta orden en ejecución.”

No es fácil prever las consecuencias y las aplicaciones, tan inmorales como poco humanitarias, a que se presta semejante doctrina. De ella se deduce, y de ella han deducido explícitamente no pocos discípulos de Malthus, que los expedientes inventados por los gobiernos y los pueblos para socorrer las miserias del pobre y de las clases indigentes deben desaparecer, porque, en vez de aliviarlos, contribuyen a agravar sus males, fomentando o conservando un exceso de población. Así vemos a algunos de esos discípulos proponer como medios para mantener el equilibrio entre la población y los medios de subsistencia, la supresión de los hospitales y hospicios, la denegación de socorros a los pobres, la prohibición del matrimonio a los obreros, el aborto, el infanticidio, con otros medios más infames y repugnantes aún. ¿Será necesario recordar la oposición absoluta que existe entre estas afirmaciones y la enseñanza católica? ¿Será necesario repetir que la Economía político-cristiana, basada sobre el principio de la caridad, rechaza con indignación semejantes doctrinas, y que no puede menos de condenar una teoría que abre el camino a aplicaciones tan inmorales y a soluciones tan inhumanas y crueles de los problemas económicos?

(…)

Volviendo empero a Malthus, oprímese el corazón al pensar lo que sería una sociedad en la que llegaran a encarnarse y dominar las doctrinas de este célebre economista. La molicie, el egoísmo y el libertinaje serían los caracteres propios de semejante sociedad, porque son los efectos naturales y espontáneos del sensualismo que informa su teoría económica, en la cual no se reconoce ni señala al trabajo más objeto que el interés propio, ni otro estímulo que la satisfacción de las pasiones, ni otro fin que los goces materiales de la vida presente. Cuando el trabajo y la actividad múltiple del hombre no tienen más compensación, ni más premio, ni más esperanza que los goces materiales y la utilidad del interés presente; cuando la idea de una vida superior y eterna no vivifica y ennoblece y fecundiza ese trabajo y esos esfuerzos múltiples de la actividad humana, es preciso que la pobreza sea el mayor de los males, y lo que es más aún, el mayor de los vicios, porque en el sistema utilitario y sensualista, el mal se identifica con la carencia de los bienes y goces de esta vida.» Card. Ceferino González en La Economía Política y el Cristianismo

Miguel Ayuso (I)

La tradición católica

«(…) Cuando hablamos de tradición católica no estamos refiriéndonos sólo a una tradición intelectual, ni siquiera a una completa visión del mundo, sino a una civilización. (…) Esto es, la tradición católica implicaba costumbres, instituciones e ideas. Igualmente, las transformaciones ideológicas revolucionarias condujeron primero a la fractura de las instituciones, que a su vez arrastró generalizadamente la de las costumbres. Y la resistencia a la revolución progresivamente fue quedando en el ámbito de las costumbres, que, al no contar con el sostén institucional, fueron también quebrándose, resistiendo sólo el reducto de las ideas. Unas ideas, progresivamente más depuradas cuanto más se aislaban en el cenáculo de los “militantes” o de los “tradicionalistas conscientes”. Este es el proceso de conversión (desnaturalización) de un tradicionalismo cabal en algo semejante a una société de pensée o, en el mejor de los casos, en un guetto de familias en medio de las ruinas.

Pero es claro que una tal situación viene marcada por el equilibrio inestable. Pues el resto de familias con dificultad va resistiendo la presión exterior, al tiempo que el agregado ideológico, aislado, tiende a fragmentarse, perdiendo el signo de unidad de toda tradición, de toda civilización. Hoy es muy frecuente encontrar defensas de la moral sexual y familiar más tradicional por los mismos grupos que contribuyen a sostener una política que progresivamente hace imposible el mantenimiento de esa moral. Otros defienden la tradición litúrgica despreocupados de la tradición política. Algunos por fin reivindican pedazos de la cosmovisión tradicional de modo “ideológico”, a veces “conservador”, otras “revolucionario”. La consecuencia es desoladora para quienes quieren seguir recibiendo “la buena noticia” en el seno de la civilización que ésta engrendró para nosotros. Porque es imposible inculturar el cristianismo en la civilización moderna y sus versiones actuales, sea la “fuerte” tecnocrática y prometeica (que cabría llamar hipermoderna), como la “débil” deconstructiva y nihilista (que podemos llamar propiamente postmoderna). (…)

En esta situación, la coyuntura empuja a muchos a salvar lo que se puede de un viejo navío naufragado. Mientras otros se esfuerzan por recordar que los despojos a la deriva pertenecieron a un buque cuyas dimensiones, características, etc., es dable conocer. Y todo debe hacerse. Pero lo que no puede olvidarse es que sin el acogimiento de una civilización coherente todos los restos que se salvan, de un lado, están mutilados, desnaturalizados, y -de otro- difícilmente pueden subsistir mucho tiempo en su separación. Así la clave no puede hallarse sino en la incesante restauración-instauración (¿cómo no recordar el memorable texto de San Pío X?) de la civilización cristiana, que además no podrá ser ajena -exigencias de la pietas– de la Cristiandad.» Miguel Ayuso en La constitución cristiana de los Estados

Bonifacio VIII (I)

Sobre las dos espadas

«Por las palabras del Evangelio somos instruidos de que, en ésta [la Iglesia] y en su potestad, hay dos espadas: la espiritual y la temporal.

Una y otra espada, pues, está en la potestad de la Iglesia, la espiritual y la material. Mas ésta ha de esgrimirse en favor de la Iglesia; aquélla por la Iglesia misma. Una [por mano] del sacerdote, otra por mano del rey y de los soldados, si bien a indicación y consentimiento del sacerdote. Pero es menester que la espada esté bajo la espada y que la autoridad temporal se someta a la espiritual. (…) Que la potestad espiritual aventaje en dignidad y nobleza a cualquier potestad terrena, hemos de confesarlo con tanta más claridad, cuanta aventaja lo espiritual a lo temporal. (…) Porque, según atestigua la Verdad, la potestad espiritual tiene que instituir a la temporal, y juzgarla si no fuere buena. (…)

Luego si la potestad terrena se desvía, será juzgada por la potestad espiritual; si se desvía la espiritual menor, por su superior; mas si la suprema, por Dios solo, no por el hombre, podrá ser juzgada.» Bonifacio VIII en la Bula Unam Sanctam

Juan Fernando Segovia (I)

Sobre el bien común

«El orden natural de la política, derivado de la ley natural, incorpora las inclinaciones básicas del ser humano como presupuestos de la recta ordenación de la sociedad política y como exigencias de su fin, el bien común. (…) Consiguientemente, en el régimen político de la sociedad, corresponde al gobernante procurar las condiciones que respeten y encaminen la realización de esas inclinaciones propias de los hombres.

(…) Luego, la sociedad política reposa sobre las inclinaciones naturales del hombre. Tres son las inclinaciones básicas de la naturaleza humana según Santo Tomás: la primera, común a todas las sustancias, consiste en la preservación del propio ser; la segunda, que el hombre comparte con los animales, es la tendencia a la procreación, a la educación de los hijos y otras semejantes; la tercera, específicamente humana, es la inclinación de toda naturaleza racional a “buscar la verdad acerca de Dios y a vivir en sociedad”. Así, una sociedad bien constituida y regida, “ayuda a la conservación de la vida humana e impide su destrucción”, no sólo del individuo singular sino de la especie o género; y procura, también, “evitar la ignorancia, respetar a los conciudadanos y todo lo demás relacionado con esto”. Consecuentemente, el bien común político debe procurar los bienes específicos que perfeccionan la naturaleza humana. En principio, esos bienes son de dos clases, según Santo Tomás. “Para que un hombre sea de buena vida y costumbres necesita de dos cosas; una que es capital, la virtud que es base de la buena vida, otra secundaria y como instrumental, a saber, cantidad bastante de bienes corporales de cuyo uso se necesita para el ejercicio práctico de la virtud”.

Esto es, el bien común se compone principalmente de la buena vida, que es la vida virtuosa; y también de una suficiencia de bienes materiales (gratia vivendi) que permita satisfacer las necesidades básicas de los hombres en sociedad. (…) Luego, el bien común atiende a la plena satisfacción de las inclinaciones naturales de los hombres: la subsistencia personal, la subsistencia de las sociedades humanas, y la vida mejor o buena, en la virtud, inclusa la religión.» Juan Fernando Segovia en Orden natural de la política y orden artificial del Estado.