Juan Vázquez de Mella (I)

La monarquía carlista

«La mayor parte de los liberales combaten la Comunión carlista sin conocerla. La Prensa revolucionaria, por malicia o por ignorancia, ha propagado, acerca de esta gran fuerza social y política, las más absurdas patrañas.

Según la fábula progresista, el carlista es una especie de corneja que anida en las grietas de los torreones feudales, dispuesto a maldecir todos los descubrimientos científicos y a condenar todas las maravillas de la industria. A lo más, el carlista es, para algunos liberales, una especie de poeta romántico que, apesadumbrado con la realidad presente y la nostalgia del pasado, vuelve tristes y llorosos los ojos hacia los siglos pretéritos, sin hacer otra cosa que cantarlos en endechas lastimeras, parecidas a las lágrimas derramadas por Boabdil al ver por última vez la ciudad de sus recuerdos.

Pero, ora se pinte al carlista con colores tétricos o con tintas de sentimentalismo chirle, siempre resulta, para todas las especies del vulgo liberal, como un partidario tenaz y sañudo del absolutismo monárquico, que, en la voluntad de un déspota no sujeta a trabas políticas de ninguna clase, ve la única solución de las miserias presentes. (…)

Y como ya es hora de que la verdad se abra paso entre las falsedades liberales, vamos a afirmar de nuevo nuestros principios políticos, a ver si logramos que los adversarios los entiendan siquiera una vez.

Queremos que el Rey reine y gobierne, sin estar sujeto a la tutela de un Gabinete; y que sea auxiliado por un Consejo de personas notables, dividido en tantas secciones como Ministerios.

No buscamos el límite de la autoridad soberana en la división, ni en la separación de sus fragmentos y en la oposición y equilibrio de unos con otros, sino en los organismos y pactos sociales independientes de los caprichos del Poder.

Por eso queremos que el municipio administre libremente y con independencia sus propios intereses, y que a la manera vascongada, y conforme al espíritu de los antiguos fueros, lo verifique en sus Juntas la región.

Que la escuela y la Universidad sean libres y repúblicas literarias emancipadas del yugo opresor del Estado, pero sujetas a las divinas enseñanzas.

Y como reconocemos que todo español tiene derecho de petición ante el soberano, lo cual constituye su verdadera representación individual directa, queremos que estén además representadas, de un modo permanente, todas las clases y fuerzas sociales en las Cortes.

Fomentando las corporaciones y los gremios, la clase agrícola nombrará sus procuradores, la industrial y comercial los suyos, que serán la representación de los intereses materiales.

Los intereses religiosos y morales, que son los primeros, serán representados por los procuradores del clero.

Los intelectuales, por las Universidades y Academias, y los históricos, por la grandeza.

El procurador no será representante de toda la nación, como en el régimen liberal, sino de la corporación y clase que le eligen.

No será independiente de los electores una vez elegido, sino sujeto a ellos por mandato imperativo. No irá a disputar a las Cortes, sino a pedir y votar lo que le manden los que le hayan designado.

Y ha de jurar no recibir ni honor ni merced alguna durante su cargo; y, si lo hiciere, será llevado ante los tribunales.

Los acuerdos de las Cortes queremos que sean públicos, pero las sesiones secretas; que así no se convertirán nunca en teatro, ni medrará la clase de los retóricos.

Las Cortes no gobernarán, pero ayudarán a gobernar, porque tienen dos funciones que cumplir: auxiliar al Poder público mostrándole como en un espejo las necesidades de la nación, y contenerle impidiendo sus abusos.

Por eso no son cosoberanas como las parlamentarias, ni se limitan a pedir y suplicar, como falsamente se ha dicho. Sin su consentimiento no puede el Rey establecer ningún impuesto nuevo ni variar ninguna ley fundamental. Tal es la economía de nuestro organismo político y administrativo.

Negación del absolutismo personal y del de Gabinete, llamado parlamentarismo.

No vamos a exponer en pocas líneas un plan de Hacienda. Baste saber que nuestra Comunión puede presentar un presupuesto que no llegue a la mitad de los gastos actuales.

Ya Aparisi dijo, con la aprobación del señor Duque de Madrid, que comenzaríamos haciendo economías reduciendo a la mitad los gastos de la Casa real, suprimiendo Ministerios, reduciendo el Ejército, limitando el número de provincias al de los antiguos reinos y, sobre todo, destruyendo la máquina burocrática del parlamentarismo.

¿Habrá todavía quien nos llame absolutistas? Si lo hace, merecerá nuestro desprecio, pero no nuestra contestación.» Juan Vázquez de Mella en Obras Completas

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