Donoso Cortés (I)

Sobre la represión

«Señores, no hay más que dos represiones posibles: una interior y otra exterior, la religiosa y la política. Estas son de tal naturaleza, que cuando el termómetro de religioso está subido, el termómetro de la represión está bajo, y cuando el termómetro religioso está bajo, el termómetro político, la represión política, la tiranía, está alta. Esta es una ley de la humanidad, una ley de la historia. Y si no, señores, ved lo que era el mundo, lo que era la sociedad que cae al otro lado de la Cruz, decid lo que era cuando no había represión interior, cuando no había represión religiosa. Entonces, aquélla era una sociedad de tiranías y de esclavos. Citadme un solo pueblo de aquella época donde no hubiera esclavos y donde no hubiera tiranía. Este es un hecho incontrovertible, éste es un hecho incontrovertido, éste es un hecho evidente. La libertad, la libertad verdadera, la libertad de todos y para todos no vino al mundo sino con el Salvador del Mundo…

Señores, os ruego me prestéis atención; voy a poneros en presencia del paralelismo más maravilloso que ofrece la historia. Vosotros habéis visto que en el mundo antiguo, cuando la represión religiosa no podía bajar más, porque no existía ninguna, la represión política subió hasta no poder más, porque subió hasta la tiranía. Pues bien: con Jesucristo, donde nace la represión religiosa, desaparece completamente la represión política. Es esto tan cierto que habiendo fundado Jesucristo una sociedad con sus discípulos, fue aquélla la única sociedad que ha existido sin gobierno. Entre Jesús y sus discípulos no había más gobierno que el amor del Maestro a los discípulos y el amor de los discípulos al Maestro. Es decir, que cuando la represión interior era completa, la libertad era absoluta.

Sigamos el paralelismo. Llegan los tiempos apostólicos, que los extenderé, porque así conviene ahora a mi propósito, desde los tiempos apostólicos propiamente dichos hasta la subida del Cristianismo al Capitolio en tiempos de Constantino el Grande. En este tiempo, señores, la religión cristiana, es decir, la represión religiosa interior, estaba en todo su apogeo; pero aunque estaba en todo su apogeo, sucedió lo que sucede en todas las sociedades compuestas de hombres: que comenzó a desarrollarse un germen, nada más que un germen de licencia y de libertad religiosa. Pues bien, señores: observad el paralelismo; a este principio de descenso en el termómetro religioso corresponde un principio de subida en el termómetro político. No hay todavía gobierno, no es necesario el gobierno, pero es necesario ya un germen de gobierno. Así, en la sociedad cristiana no había de hecho verdaderos magistrados, sino jueces árbitros y amigables componedores, que son el embrión del gobierno…

Llegan los tiempos feudales, y en éstos la religión se encuentra todavía en su apogeo, pero hasta cierto punto viciada por las pasiones humanas. ¿Qué es lo que sucede, señores, en este tiempo en el mundo político? Que ya es necesario un gobierno real y efectivo, pero que basta el más débil de todos, y así se establece la monarquía feudal, la más débil de todas las monarquías.

Seguid observando el paralelismo. Llega, señores, el siglo XVI. En este siglo, con la gran reforma luterana, con ese gran escándalo político y social, tanto como religioso, con ese acto de emancipación intelectual y moral de los pueblos, coinciden las siguientes instituciones: en primer lugar, en el instante, las monarquías, de feudales, se hacen absolutas… Pero era necesario, señores, que el termómetro de la represión política subiera más, porque el termómetro religioso seguía bajando; , en efecto, subió más. ¿Y qué nueva institución se creó? La de los ejércitos permanentes. ¿Y sabéis, señores, lo que son los ejércitos permanentes? Para saberlo basta saber lo que es un soldado; un soldado es un esclavo con uniforme. Así, pues, veis que, en el momento en que la represión religiosa baja, la represión política sube al absolutismo, y pasa más allá. No bastaba a los gobiernos ser absolutos; pidieron y obtuvieron el privilegio de ser absolutos y tener un millón de brazos.

A pesar de esto, señores, era necesario que el termómetro político subiera más, porque el termómetro religioso seguía bajando; y subió más. ¿Qué nueva institución, señores, se creó entonces? Los gobiernos dijeron: “Tenemos un millón de brazos, y no nos bastan; necesitamos un millón de ojos”. Y tuvieron la policía, y  con la policía un millón de ojos. A pesar de esto, señores, todavía el termómetro político y la represión política debían subir, porque, a pesar de todo, el termómetro religioso seguía bajando; y subieron.

A los gobiernos, señores, no les bastó tener un millón de brazos, no les bastó tener un millón de ojos; quisieron tener un millón de oídos, y los tuvieron con la centralización administrativa, por la cual vienen a parar al gobierno todas las reclamaciones y todas las quejas.

Y bien, señores; nos bastó esto, porque el termómetro religioso siguió bajando, y era necesario que el termómetro político subiera más… ¡Señores!, ¿hasta dónde? Pues subió más.

Los gobiernos dijeron: “No me bastan, para reprimir, un millón de brazos; no me bastan, para reprimir, un millón de ojos; no me bastan, para reprimir, un millón de oídos; necesitamos más: necesitamos tener el privilegio de hallarnos a un mismo tiempo en todas partes”. Y lo tuvieron, y se inventó el telégrafo.

Señores, tal era el estado de la Europa y del mundo cuando el primer estallido de la última revolución vino a anunciarnos a todos que aún no había bastante despotismo en el mundo, porque el termómetro religioso estaba por bajo cero…

Pues bien, una de dos: o la reacción religiosa viene o no; si hay reacción religiosa, ya veréis señores, cómo subiendo el termómetro religioso comienza a bajar natural, espontáneamente, sin esfuerzo ninguno de los pueblos, ni de los gobiernos, ni de los hombres, el termómetro político, hasta señalar el día templado de la libertad de los pueblos. Pero si, por el contrario, señores,… yo digo que si el termómetro religioso continúa bajando, no sé a dónde hemos de ir a parar. Yo, señores, no lo sé, y tiemblo cuando lo pienso. Contemplad las analogías que he propuesto a vuestros ojos, y si cuando la represión religiosa estaba en su apogeo no era necesario gobierno alguno, cuando la represión religiosa no exista no habrá bastante con ningún género de gobierno; todos los despotismos serán pocos.

Señores, esto es poner el dedo en la llaga; esta es la cuestión de España, la cuestión de Europa, la cuestión de la Humanidad, la cuestión del mundo.

Considerad una cosa, señores. En el mundo antiguo, la tiranía fue feroz y asoladora, y, sin embargo, esa tiranía estaba limitada físicamente, porque todos los Estados eran pequeños y porque las relaciones internacionales eran imposibles de todo punto; por consiguiente, en la antigüedad no pudo haber tiranías en gran escala, sino una sola: la de Roma. Pero ahora, señoras, ¡cuán mudadas están las cosas! Señores: las vías están preparadas para un tirano gigantesco, colosal, universal, inmenso; todo está preparado para ello; señores, miradlo bien; ya no hay resistencias, ni físicas, ni morales; no hay resistencias físicas, porque con el telégrafo eléctrico no hay distancias, y no hay resistencias morales porque todos los ánimos están divididos y todos los patriotismos están muertos. Decidme, pues, si tengo o no razón cuando me preocupo por el porvenir del próximo mundo; decidme si, al tratar de esta cuestión, no trato de la cuestión verdadera.

Una sola cosa puede evitar la catástrofe; una y nada más; eso no se evita con dar más libertad, más garantías, nuevas constituciones; eso se evita procurando todos, hasta donde nuestras fuerzas alcancen, provocar una reacción saludable, religiosa. Ahora bien, señores: ¿es posible esta reacción? Posible lo es; pero ?es probable? Señores, aquí hablo con la más profunda tristeza; no lo creo probable. Yo he visto, señores, y conocido a muchos individuos que salieron de la fe y han vuelto a ella; por desgracia, señores, no he visto jamás a ningún pueblo que haya vuelto a la fe después de haberla perdido.» Juan Donoso Cortés en Discurso sobre la dictadura

Anuncios

Sobre la ITE

Según parece el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria tiene en mente sacar próximamente una nueva normativa para que todos las viviendas de más de 30 años tengan que someterse a una Inspección Técnica de Edificaciones. Dicha inspección la tienen que costear los dueños de las viviendas y su precio oscila entre los 60 y 300€, y, además, el arreglo de los desperfectos que pudiese haber también deben costearlo los propietarios. Alegan los responsables de la normativa que ésta se lleva a cabo para regular la obligación de mantener en situación de habitabilidad las casas, a fin de evitar desplomes o problemas mayores.

No cabe duda de que los dueños de las casas tienen un deber hacia sus propios hogares de mantenerlos en buenas condiciones. Lejos de este artículo negar dicha responsabilidad. Pero, ahora bien, también tienen un deber de trabajar para procurarse su sustento, que se traduce en un derecho al trabajo que, hoy por hoy y de forma agravada por la crisis financiera, no se cumple. Si las instituciones político-económicas no cumplen su parte de garantizar el derecho al trabajo no parece de recibo que exijan el cumplimiento de una serie de deberes que, sin el anterior, no es posible cumplir. El Ayuntamiento con esta normativa parece mofarse de la situación crítica de tantas familias, cuanto más que, en sana lógica, las que peor lo están pasando serán las que tengan mayores desperfectos en sus viviendas.

Si el Ayuntamiento lo que quiere es incentivar la economía debería plantearse formas menos violentas hacia los ciudadanos ya suficientemente estrangulados por la crisis que, por otro lado, ellos no han generado. Si las instituciones políticas abrieron la Caja de Pandora económica al liberalizar los mercados financieros ahora deberían asumir su responsabilidad y volver a subordinar la economía al bien común, y no cargar el peso de sus nefastas decisiones sobre el ciudadano de a pie.

Eric Voegelin (II)

Progreso y decadencia

Imagen

«El precio del progreso es la muerte del espíritu. Nietzsche reveló este misterio del apocalipsis occidental cuando proclamó que Dios estaba muerto, que había sido asesinado. Este asesinato gnóstico se comete constantemente por los hombres que sacrifican a Dios en aras de la civilización. Cuanto más fervientemente la totalidad de las energías humanas se dedica a la gran empresa de la salvación mediante la acción inmanente en el mundo, más se apartan de la vida del espíritu los seres humanos que se dedican a esta empresa. Y como la vida del espíritu es la fuente del orden en el hombre y en la sociedad, el mismo éxito de la civilización gnóstica es el motivo de su decadencia.

Una civilización puede en verdad progresar y decaer al mismo tiempo, pero no eternamente. Hay un límite hacia el cual se dirige este ambiguo proceso. Este límite se alcanza cuando una secta activista que represente la verdad gnóstica organiza la civilización como un Imperio bajo su mando. El totalitarismo, entendido como la norma existencial de los activistas gnósticos, es la forma final de la civilización progresista.» Eric Voegelin en Nueva Ciencia de la Política.

Pío XII (I)

Por la civilización cristiana

«La conciencia cristiana no puede admitir como justo un orden social que, o niega en principio, o hace prácticamente imposible o vano el derecho natural de la propiedad, así sobre los bienes de consumo como sobre los medios de producción. Pero tampoco puede ella aceptar aquellos sistemas, que reconocen el derecho de la propiedad privada según un concepto totalmente falso, y se hallan, por lo tanto, en oposición con el verdadero y sano orden social. Por lo tanto, allí donde, por ejemplo, el capitalismo se funda en esos conceptos erróneos y se atribuye un derecho ilimitado sobre la propiedad, sin subordinación alguna al bien común, la Iglesia lo ha reprobado como contrario al derecho natural.

Vemos, de hecho, cómo la clase cada vez más numerosa de los trabajadores se encuentra con frecuencia frente a aquellas excesivas concentraciones de bienes económicos que, al ocultarse muchas veces bajo el título de sociedades anónimas, logran sustraerse de sus deberes sociales y casi colocan al obrero en la imposibilidad de formarse una propiedad efectiva. Vemos cómo la pequeña y mediana propiedad disminuye y se debilita en la vida social, al encontrarse limitada y obligada a una lucha defensiva cada vez más dura y sin esperanza de un feliz éxito. Vemos, por un lado, cómo las grandes riquezas dominan en la economía privada y en la pública, y a veces también en la actividad pública; vemos, por otro, la innumerable muchedumbre de los que, privados de toda directa o indirecta seguridad en su propia vida, no se toman ya interés alguno por los verdaderos y elevados valores de espíritu, se cierran a las aspiraciones hacia una genuina libertad, se encadenan al servicio de cualquier partido político, esclavos de quien de algún modo les prometa pan y tranquilidad. Y la experiencia ha demostrado la tiranía de que es capaz la humanidad ante tales condiciones, aun en los tiempos presentes.» Pío XII en Por la Civilización Cristiana, visto en Colección de Encíclicas y Documentos Pontificios (1967)

Jura de Bandera

El próximo sábado 26 de Mayo se realizará una Jura de Bandera en la Plaza Santa Ana a las 12.00. Animamos a todos los amantes de la Patria a participar en este evento, en el que renovamos nuestro compromiso para con la tierra de nuestros mayores.

Más información aquí 

Rafael Gambra (II)

Religión y ciencia

«Ninguna cultura humana se hubiera puesto en movimiento, ni civilización alguna habría irrumpido en el curso de la Historia sin una inicial emoción religiosa, es decir, sin un llamamiento -real o imaginario- de lo Alto a un destino colectivo.

Por lo mismo, a la vez que este saber superior es motor espiritual del hombre -este ser finito con ansia de infinitud- es también el campo de la función imaginativa y emocional, de la tentación mitificadora. Y es su extrapolación a los campos de la intuición física y de la intelectual -el dominio de las ciencias- el origen más frecuente de la inmovilización del espíritu en actitudes mítico-mágicas perdurables.

El genio de la civilización cristiana ha consistido, humanamente hablando, tanto en haber sabido preservar el depósito de la fe y ahondar en su contenido -otorgando así coherencia y fervor a las mentes- como en evitar su interferencia con la esfera de las instituciones -y de los saberes- propiamente humanos. Sostener el fundamento y la inspiración última de nuestra cultura, y desembarazar al mismo tiempo el camino de su propia andadura intelectual: esa fue la obra de la Iglesia con su concepción medieval de los poderes, el civil y el eclesiástico, el Pontificado y el Imperio. La Iglesia, precisamente por su función de preservar, esclarecer, ahondar el contenido de la Revelación y de administrar -ella sola- los dones sobrenaturales, fue también la creadora en su civilización del ámbito más idóneo para el desarrollo del saber y del hacer humanos, de las ciencias y de las artes. De hecho, nuestra cultura no desembocó, como la civilización grecolatina, en las gnosis ocultistas del helenismo ni en el quietismo del Islam o de otras religiones orientales, sino en el esplendor del Renacimiento y en el gran desarrollo de la Modernidad. Dos siglos de interpretación histórica racionalista nos han legado una visión sombría de los cimientos medievales de nuestra civilización, como si ésta hubiera podido brotar súbitamente de determinadas actitudes «liberadoras» del Renacimiento o de la revolución moderna.» Rafael Gambra en El Lenguaje y los Mitos

Rafael Gambra (I)

Restauración frente a revolución

«La verdadera decadencia y muerte de un pueblo procede de su interna disolución. Esta crisis interior suele ser ocasionada por dos factores. De un lado, por la deserción, la pereza y el conformismo de sus clases cultas, de los sabios de la Ciudad: cuando estas clases se duermen sobre su propia ciencia o su propia significación, cuando no ejercen una autoridad con sentido, entonces el orden, las creencias, la moralidad, la justicia y las leyes quedan indefensas; la Ciudad no progresa, antes se fosiliza, y el orden todo de venerable se torna farisaico.

En este momento surge otra clase de hombres: los revolucionarios (el juglar de las ideas), que son los que no tienen nada que perder, los que tampoco aman las Leyes ni las creencias, los que no respetan los cimientos del orden ni los principios del bien y de la verdad. En la Atenas de aquel tiempo, éstos eran los sofistas. Los sofistas atacan la verdad, los principios del bien y la misma existencia de la justicia. Su arma es siempre el eterno ¿por qué no? (cambiar lo establecido). Si no encuentran contradictores, hombres de fe, de verdadero saber, lo tienen todo ganado, porque sus argumentos halagan las pasiones de los más, y parecen lógicamente válidos. La Ciudad muere entonces por disolución interior o por invasión enemiga, pero sólo cuando su espíritu interno ha desaparecido.

Sócrates quiso librar a la Ciudad de estos dos males; por eso luchó contra esas dos clases de hombres: contra los hombres sabios, pero perezosos e indignos de su representación, oponiéndoles su ironía; contra los sofistas, demostrándoles que la verdad existe y que la razón puede y debe llegar a descubrirla: demostrándoles asimismo que la Ciudad se asienta en un orden, posee una estructura y un divino origen que la constituyen como tal.

Sócrates, por tanto, no se pronunció jamás contra las costumbres, contra las Leyes o contra el orden la Ciudad; antes al contrario, rindió a las Leyes el mayor homenaje que hombre alguno pueda tributarles: sacrificar su propia vida para no menoscabarlas con el mal ejemplo de su desobediencia pública.  Así, Sócrates, en su lucha contra unos y contra otros, pudo decir de sí mismo aquella famosa frase: «los dioses me pusieron en la Ciudad como al tálamo sobre el caballo, para que no se duerma ni amodorre».

La sana rebelión del hombre «con principios», el noble anhelo del reformador, se dan siempre estrechamente unidos a la veneración del orden mismo que se quiere reformar, lo que explica precisamente la lealtad, a veces heroica, del verdadero reformador. Es una actitud esencialmente distinta de la rebelión totalizada e incoherente del revolucionario o del espíritu nihilista, del «avanzado» de nuestra época, del sofista escéptico de la época socrática, del juglar de las ideas de todas las decadencias.» Rafael Gambra en El Silencio de Dios