Ceferino González (II)

Sobre Malthus

«La teoría de Malthus parece decir al hombre: “El que nace en un mundo ocupado ya de antemano, no tiene el menor derecho a reclamar una porción cualquiera de alimento; en realidad está de sobra en la tierra: en el gran banquete de la naturaleza no hay cubierto preparado para él. La naturaleza le manda retirarse, y no tarda en poner ella misma esta orden en ejecución.”

No es fácil prever las consecuencias y las aplicaciones, tan inmorales como poco humanitarias, a que se presta semejante doctrina. De ella se deduce, y de ella han deducido explícitamente no pocos discípulos de Malthus, que los expedientes inventados por los gobiernos y los pueblos para socorrer las miserias del pobre y de las clases indigentes deben desaparecer, porque, en vez de aliviarlos, contribuyen a agravar sus males, fomentando o conservando un exceso de población. Así vemos a algunos de esos discípulos proponer como medios para mantener el equilibrio entre la población y los medios de subsistencia, la supresión de los hospitales y hospicios, la denegación de socorros a los pobres, la prohibición del matrimonio a los obreros, el aborto, el infanticidio, con otros medios más infames y repugnantes aún. ¿Será necesario recordar la oposición absoluta que existe entre estas afirmaciones y la enseñanza católica? ¿Será necesario repetir que la Economía político-cristiana, basada sobre el principio de la caridad, rechaza con indignación semejantes doctrinas, y que no puede menos de condenar una teoría que abre el camino a aplicaciones tan inmorales y a soluciones tan inhumanas y crueles de los problemas económicos?

(…)

Volviendo empero a Malthus, oprímese el corazón al pensar lo que sería una sociedad en la que llegaran a encarnarse y dominar las doctrinas de este célebre economista. La molicie, el egoísmo y el libertinaje serían los caracteres propios de semejante sociedad, porque son los efectos naturales y espontáneos del sensualismo que informa su teoría económica, en la cual no se reconoce ni señala al trabajo más objeto que el interés propio, ni otro estímulo que la satisfacción de las pasiones, ni otro fin que los goces materiales de la vida presente. Cuando el trabajo y la actividad múltiple del hombre no tienen más compensación, ni más premio, ni más esperanza que los goces materiales y la utilidad del interés presente; cuando la idea de una vida superior y eterna no vivifica y ennoblece y fecundiza ese trabajo y esos esfuerzos múltiples de la actividad humana, es preciso que la pobreza sea el mayor de los males, y lo que es más aún, el mayor de los vicios, porque en el sistema utilitario y sensualista, el mal se identifica con la carencia de los bienes y goces de esta vida.» Card. Ceferino González en La Economía Política y el Cristianismo

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